- Sucesos Cinco trabajadores muertos y cuatro heridos en la explosión en una mina de Cerredo (Asturias): "Eso no era una mina sino un chamizo"
- Testigo directo Una sospecha se cuela entre el llanto por los mineros en Cerredo: ¿"había detectores de grisú" o "se trabaja como hace 50 años"?
Hace cuatro años, Jorge recibió la oportunidad de empezar a trabajar en la mina. Por más que su vida estuviera arraigada a la ganadería, por más que su pasión fuera «el campo, el monte y sus vacas», aceptó. Lo tomó como un «complemento» necesario. Fue un paso difícil pero imprescindible para seguir adelante con el futuro que había planeado con su novia, Jenny, quien habla en exclusiva con EL MUNDO. Su proyecto vital estaba pensado en Villablino (León), entre el circo de montañas que rodean el valle de Laciana. Ese era su lugar, su hogar. El lunes, en la mina de Cerredo (Asturias), a apenas 17 kilómetros de su casa, Jorge y otros cuatro compañeros se convirtieron en otras cicatrices negras en la historia minera que tantas desdichas ha dejado en el valle. Uno de ellos acababa de incorporarse al trabajo tras una baja. «Cada vez que pasa algo así, aunque sean desconocidos, todos lo sienten como si fuera uno más de su casa», señala Jenny.
La mañana comenzó como cualquier otra. Jorge salió a las 7 en punto de su casa en dirección al municipio de Degaña (Asturias). Dos horas más tarde, a las 9:30, se registraba una explosión en el yacimiento asturiano. En ese momento nadie sabía cuántas vidas se habían perdido y la incertidumbre se instaló en el aire. A Jenny la noticia le llegó mientras entregaba en el Ayuntamiento «unos papeles del neno», que tienen en común: Marco. El 9 de abril cumplirá dos años.
«Él no quería la mina pero lo hacía por nuestro hijo. Marco es igual que su padre», recuerda al hablar de ese niño rubio de ojos azules que ahora era el motor de sus vidas y el motivo de cada paso que daban. Jenny intentó contactar con Jorge, pero no lo consiguió. Entonces, cambió su rutina diaria. Ante la urgencia, decidió no abrir la pequeña tienda de la que es dueña y desplazarse hasta la explotación minera. Allí se encontró con el amplio despliegue de emergencias. Bomberos, miembros de la Brigada Central de Salvamento Minero, Guardia Civil... conformaban un paisaje casi «propio de la guerra», como señala el concejal de Seguridad de Villablino, Juan Antonio Gómez.
La historia de Jorge, que tenía 32 años, es otra de las muchas que hay en Villablino. Cada familia está vinculada, directa o indirectamente, con la minería. Todos tienen un padre, un hermano o amigo que ha sido minero. Algunos tienen también la desgracia de haberlos perdido en la mina. Son innumerables las historias y muchas encierran amistades sesgadas por las explosiones y los derrumbes, como la de Jorge y Sergio, uno de los tres supervivientes y que ahora permanece «consciente» en el hospital.
A principios del siglo XX, el valle se convirtió en una de las zonas con mayor actividad minera de España. El cierre gradual de minas provocó, en apenas 25 años, que Villablino experimentase una sangría poblacional del 47, 5% . De 1998 a 2023, la agonía del carbón supuso el paso de una población de 16.000 habitantes a tan sólo 7.111 . Los que se quedaron saben perfectamente lo que representaba la mina. Y Jorge, de abuelo minero, lo sabía muy bien. «Su padre no quiso la mina para él y, mira, ahora está enterrando a un hijo por ella», dice la joven viuda, de 29 años.
Sobre Jorge, las fuentes consultadas por este periódico sólo hablan con amabilidad. Un joven «rural del todo», como lo define su pareja, que encontraba la paz «en la braña». En su recuerdo permanece como un chico «emprendedor» -llegó a regentar el bar La Txagunona en el pueblo-, «con ganas de vivir», «luchador» y «guerrero como el que más». Era conocedor de los peligros que acechaban en la mina, pero no podía detenerse: lo hacía por el futuro de su familia, por aquello que deseaba. «Siempre decía que, cuando las vacas dieran dinero, lo dejaba», lamenta Jenny.